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SEGUNDA GUERRA MUNIDAL, TABUES Y FALCIFICACIONES
Josef Skála
"MEMENTO VIVERE"
En vísperas de las elecciones presidenciales estadounidenses de 1984 el semanario New Yoker publicó la "Carta a un norteamericano". La había escrito George Kennan, uno de los pocos seres vivientes que no conocen los acontecimientos históricos más significantes de los últimos cincuenta años sólo de la prensa y la pequeña pantalla. Fue durante largos años embajador de los Estados Unidos en la Unión Soviética. Cuando la guerra fría entró en escena, dirigía la sección de planificación del Departamento de Estado de EE.UU. En la primavera de 1947 publicó en Foreign Affairs un artículo que todos los estudiantes de política internacional conocen. La firma "X" proponía por primera vez una "justificación científica" de la política del "containment" - la contención del comunismo, desde la necesidad de "construir un telón de acero" hasta la "filosofía del chantaje nuclear". Por ello resulta interesante escuchar la voz de George Kennan reaccionando a las realidades de nuestro tiempo en su "Carta a un norteamericano". "No dudo que este inesperado mensaje mío le sorprenda. Pero decidí dirigirle esta carta a usted, quizá el único de cuántos se encuentran cerca de la cúspide del poder en Washington que sabrá mantener su honradez y su sinceridad a la hora de evitar una catástrofe universal. Sin consideración del eventual triunfo electoral, los meses más inmediatos deben anunciar una nueva etapa en las relaciones americano-soviéticas. Si bien en las relaciones entre ambos países no vemos ningún problema político que justifique la guerra, los preparativos de la misma pasaron a ser una tradición profundamente arraigada tanto en nuestras fuerzas armadas como en una parte importante de nuestra sociedad civil... La Unión Soviética figura como el "enemigo" en centenares de documentos redactados a diario en el Pentágono. El potencial de las fuerzas americanas se compara constantemente con lo que éstas podrían lograr en un conflicto bélico con las fuerzas soviéticas. ¿Hay acaso alguien realmente dispuesto a creer que la fuerza motriz de esta fiebre belicista no impacta de modo decisivo en la política? ... No podemos seguir hablando constantemente sobre la guerra con la Unión Soviética, afirmando al mismo tiempo que deseamos evitarla. No podemos ir afianzando constantemente nuestra vigilancia patriótica ensalzando el heroísmo y el chovinismo en manifestaciones dentro del país y, al mismo tiempo, intentar de sugerir al mundo, incluyendo a nuestros adversarios políticos, que la paz es nuestra única aspiración... La cuestión de la paz y la guerra tiene significación decisiva. Todos los problemas restantes, reales o construidos, deben quedar relegados al segundo plano. Pero no es posible aplazar la solución del problema decisivo. Para lograr algún progreso en su solución (en ello estriba precisamente lo esencial que quiero comunicarle en la presente) debemos mirarnos con más atención que en el pasado, debemos tomar en consideración nuestras posibilidades, nuestros actos, todos los procesos que van configurando nuestra sociedad". Los hechos del presente son el único motivo para una reflexión de esta índole. Hace cuarenta años terminó la segunda guerra mundial. El mundo ha cambiado radicalmente desde aquel entonces. Sin embargo, lo que más nos preocupa hace recordar con sobrada evidencia el clima imperante en vísperas de aquella horrenda masacre. 61 países se vieron arrastrados por la vorágine. En ellos vivían cuatro quintos de la población mundial - centenares de millones de hombres que en su aplastante mayoría no deseaban la guerra. No obstante ello, más de cincuenta millones la pagaron con sus vidas . ¿Podrían inventariarse los sufrimientos y los daños causados? ¿Por qué no fue posible impedirlo? ¿Qué probabilidad de éxito tenían las ambiciones cuyos partidarios colocaron a Hitler a su cabeza? ¿Qué veredicto pronunció la historia sobre los hombres que apostaron por la política del "apaciguamiento" con respecto a Hitler? ¿,Quién detuvo a Hitler? ¿A quién le corresponde el papel decisivo en su derrota? ¿Y a quién en la liberación de los pueblos de Asia y Europa, víctimas futuras del genocidio fascistas? La ciencia de la historia no es la única en plantear estas interrogantes. En primer lugar las plantean las amenazas que poner en peligro el destino de las generaciones actuales. El peligro de una nueva conflagración mundial es una espada de Dámocles pendiente sobre la civilización y la vida en el Planeta. Que aquellos que tratan de tranquilizarnos con sus fábulas sobre una "guerra nuclear limitada" ajusten sus eventuales dudas al respecto con sus conciencias, suponiendo que conciencias tengan. Además, a los europeos ni se nos concede la oportunidad de convencernos de lo quimérico de dichos planes. Sus autores no disimulan que el destino de nuestro continente quedaría irreversiblemente cortado los primeros minutos del holocausto nuclear. A ello se debe también la enconada confrontación en torno al significado actual de los acontecimientos de hace cuarenta años. La verdad no se enfrenta únicamente con las confabulaciones destinadas a rehabilitar los hijos póstumos declarados de Hitler. Hoy día nos aturden los que tomaron el designio de "ganar la guerra nuclear". En defensa suya falsifican a propósito precisamente lo que más les acusa. Sólo un supuesto permite un juego tan fraudulento; mantener en secreto los datos que ponen de manifiesto su desmesurada aventura. Resulta oportuno, en esta coyuntura, recurrir al testimonio de los documentos de la época. Una razón concluyente nos induce a hacerlo - más de la mitad de los que hoy vivimos hemos nacido después del año 1945. Los que hayan podido presenciar su cruel prólogo con una visión de adulto se encuentran hoy día, en el mejor de los casos, en los límites de la edad activa. Centraremos nuestra atención en documentos y materiales que nadie podrá acusar de tendenciosos. LA TRAGEDIA DEL "APPEASEMENT" - ¿QUIEN SE VE EN EL ESPEJO? El 9 de mayo de 1945. La liberación de Praga, los últimos disparos de la segunda guerra mundial en Europa. El "milenario imperio" de Hitler se desmorona entre ruinas y escombros. En cientos de lugares de encuentro de las primeras líneas de los aliados antifascistas, la victoria se celebra en común. Millares de amistades personales, ahí nacidas entre soldados soviéticos y estadounidenses, británicos, canadienses y otros resistieron incluso a los vendavales más violentos de la guerra fría. El triunfo de la coalición antihitleriana fue un testimonio elocuente. A partir de este momento no sería posible desacreditar la cooperación de países con regímenes sociales diferentes como una utopía caprichosa. La necesidad histórica de esta vía quedó demostrada por los acontecimientos decisivos para el destino de la humanidad. A todas luces resultaba evidente que de haberse constituido dicho frente a tiempo, la campaña de Hitler hubiera quedado condenada a fracasar desde el principio. Los cráteres de la segunda guerra mundial no fueron la primera proclamación de las desorbitadas ambiciones del nazismo. El "Mein Kampf" de Hitler no disimulaba que la lucha por "ampliar el espacio vital alemán en el Este como en el Oeste" sería sostenida por "todos los medios de la política de poder". En primer lugar por el "filo de la espada alemana". Esto se escribió en 1923, más de quince años antes del comienzo de la guerra. Sin embargo, "Mein Kampf" también contenía otras consignas. El comunismo no quedó definido tan sólo como algo inaceptable para un oscurantista reaccionario. Hitler lo declaró una "plaga". "Esta infección de viruela", clamaba a todos los vientos el futuro Führer, "supone la amenaza principal para la civilización y la cultura". Prometió a la reacción en Alemania - y no sólo en Alemania- que el comunismo sería descuajado a fuego e hierro". El país destinatario de todas estas amenazas presentó un proyecto de tratado internacional sobre el desarme general ya en el año 1922 en la conferencia de Génova - primer foro de esta clase en que pudo participar. Intentando dar el ejemplo, redujo a mediados de los años veinte el número de sus fuerzas armadas casi a la décima parte. "La república soviética", escribe el profesor americano R. Garthoff en su libro "La política militar soviética: un análisis histórico" (Soviet Military Policy: A Historical Analysis 1966, New York), "renunció a los derechos económicos y políticos de Rusia en el extranjero - en Turquía, Persia, Afganistán, Sinkiang, Manchuria y China... A partir de 1921 la Unión Soviética no recurrió a la fuerza militar. Asumió el papel del protagonista en la lucha por el desarme". Al cernirse las nubes de la agresión fascista, la URSS desplegó un esfuerzo imponente con el fin de constituir un sistema de seguridad colectiva. Ingresó en la Sociedad de la Naciones. A mediados de los años treinta concluyó tratados sobre la ayuda mutua con Francia y Checoslovaquia. No escatimó esfuerzos a fin de lograr que pasaran a ser la base de garantías más amplias contra una guerra mundial, solicitando la participación de Inglaterra, Polonia y otros países europeos. La Unión Soviética propuso en noviembre de 1933 la celebración de un Pacto Regional del Océano Pacífico a fin de impedir la guerra en el Lejano Oriente. Se manifestó enérgicamente en defensa de las primeras víctimas de la agresión - China, Etiopía, España, Austria, Checoslovaquia, Albania. La Unión Soviética supo dar una respuesta militar contundente a la agresión del aliado japonés de Hitler ya en 1938, cuando intentó atacar el territorio soviético. Lo mismo se repitió un año más tarde, cuando los japoneses traspasaron las fronteras de Mongolia. ¿Por qué no fue seguido este ejemplo? Demos la palabra a Summer Welles, durante la guerra adjunto del secretario de Estado de EE.UU. En su libro "Tiempo de decisión" (Time of Decision, Nueva York, 1944) escribió al respecto: "En los años de preguerra los representantes de los altos círculos financieros y comerciales de los países occidentales democráticos estaban firmemente convencidos de que una guerra entre la Unión Soviética y la Alemania hitleriana resultaría en beneficio de sus propios intereses. Por un lado afirmaban que Rusia quedaría derrotada, exterminándose de este modo el comunismo, por otro Alemania saldría de la contienda sumamente debilitada, dejando de ser un peligro real para el resto del mundo". El 3 de octubre de 1935 fue agredida Etiopía. Un ejército de más de cuatrocientos mil hombres de la Italia fascista, el aliado principal de Hitler, masacraba a los patriotas, en muchos casos armados sólo con lanzas. Los círculos mencionados por Summer Welles mantuvieron una "neutralidad" ostentativa. A la pregunta de Mussolini acerca de la reacción británica ante la agresión italiana, el primer ministro británico Ramsay Mac Donald contestó: "Inglaterra es una dama. A las mujeres les gusta el modo de actuar de los varones a condición de que éstos sepan dar muestra de discreción. Por lo tanto, obren con delicadeza y nosotros no nos meteremos por medio". La barbarie más despiadada no iba en contra de los modales de esta "dama". ¡En el curso de la agresión italiana contra Etiopía y la posterior ocupación del país fueron exterminados unos 750 mil etíopes! El historiador militar británico Basil Liddel Hart constató que precisamente esta política "llevó a Hitler en marzo de 1936 a otro acto provocador". Las fuerzas militares alemanas invadieron el 7 de marzo de ese año la Renania desmilitarizada. "Moscú debe quedar arrinconado y en cuarentena", clamaban los altavoces de Goebbels. Declaraba la ocupación de Renania "una preparación de la retaguardia para la campaña oriental". Pero Hitler se expandía hacia Occidente. "Se trataba de una aventura peligrosa, porque Inglaterra y Francia contaban en ese tiempo con una superioridad significativa", dice el volumen 29 de la última edición de la "Enciclopedia Americana". El general Jodl, uno de los más íntimos de Hitler, confesó más tarde: " Teníamos el sentimiento excitante de un jugador que apuesta por una carta toda su carrera". Alentado por el triunfo fácil, Hitler no disimuló su pensamiento: "El espíritu del Tratado de Versalles ha sido destruido. Hay que poner orden en Europa". El historiador británico John Wheeler-Bennet escribió con pleno derecho: "Permitieron a Adolf Hitler ganar la primera batalla de la segunda guerra mundial sin un disparo". En julio de 1936 se produce el golpe fascista en España. No tarda en convertirse en una extensa agresión fascista. Más de 300 mil mercenarios extranjeros combatieron entre 1936 y 1939 contra el gobierno español legítimo. Más de la mitad de éstos eran procedentes de la Alemania y la Italia fascistas. Estos países también suministraron a Franco centenas de aviones militares modernos, tanques, cañones y otros pertrechos de guerra. La Unión Soviética fue el único país dispuesto a apoyar a los republicanos y a suministrarles armas. El pacto de no intervención propuesto por el gobierno francés y adoptado por 27 países europeos en agosto de 1936 prohibía la exportación, la reexportación y el tránsito de toda clase de armas y material bélico a España. La ley sobre "la neutralidad norteamericana", adoptada un año más tarde, tenía la misma significación real. Hoy nos asombra sólo el siniestro trapicheo en torno a la libertad de otra nación y el desprecio a millares de vidas humanas. Un documento de la embajada alemana en Madrid de otoño de 1936 dice que si Alemania e Italia llegan a apoderarse de la Península Ibérica, "podrán atenazar a Francia desde el Sur y así los franceses podrán conocer lo que supone sostener una guerra en dos frentes". En un memorándum del Ministerio del Exterior hitleriano de octubre de 1938 se afirma: "Colmar el vacío militar y político en la Península Ibérica (objetivo logrado en gran medida) significa un cambio fundamental de la posición de Francia... Gibraltar pierde su valor, el libre paso de la flota británica y francesa por el estrecho dependerá de España, sin hablar de la posibilidad de emplear fuerzas navales y aéreas... El conflicto europeo entre el eje Berlín-Roma e Inglaterra y Francia tendrá características totalmente distintas en cuanto España se sume al eje". España al lado de Hitler, como lo subrayaban varios documentos nazis, pasaría a ser el trampolín para la agresión en África y en el continente americano. Pero la "lucha contra el bolchevismo", escudo y consigna ostentada por el agresor, fascista, también fue en este caso antepuesta a los propios intereses de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. El propio Franco escribiría más tarde: "Sin camiones y créditos norteamericanos no hubiéramos podido ganar la guerra". El 27 de febrero de 1939 Londres y París que también mantenían con Franco "relaciones comerciales mutuamente ventajosas" rompieron las relaciones diplomáticas con el gobierno español legítimo y reconocieron la dictadura fascista. El ministro de Relaciones Exteriores republicano Julio Alvarez del Vayo escribía en su libro "España acusa", publicado en 1937: "En la práctica la no intervención significaba una auténtica intervención directa e inmediata en favor de los sublevados". La historia se repitió de nuevo al ocupar Hitler Austria. Cuando Hitler ordenó en marzo de 1938 la anexión, incluso las cúspides de su ejército objetaron que este podría provocar medidas de desquite de Londres y París. El historiador francés J. Benoist-Méchin documentó los pormenores del desarrollo de los acontecimientos en la cancillería de Hitler - en el cuarto tomo de su "Historia del Ejército Alemán": "Hitler silenció a sus generales afirmando que ni Inglaterra ni Francia apoyarían a Austria". El 27 de mayo de 1938 el ministro de Relaciones Exteriores galo Bonnet recibió al embajador de Alemania von Welczeck. "El gobierno francés", declaró Bonnet en dicha ocasión, "aprecia sinceramente el esfuerzo desplegado por el gobierno alemán en nombre de la paz". El "apaciguamiento" de Hitler culminó por otro acto de agresión, esta vez contra Checoslovaquia, en el humillante dictado de Munich. En éste se acentuaron todos los rasgos que tanta actualidad confieren a estos capítulos de la historia con respecto al presente. El tratado de alianza con Francia garantizaba la seguridad de la Checoslovaquia democrático-burguesa. Este tratado también condicionaba los compromisos de la URSS para con Checoslovaquia. Londres y Washington también consideraban Checoslovaquia un aliado suyo. Pero el profanado guión por el cual suelen justificarse las agresiones - hoy igual que en los tiempos de Hitler - recibió en este casó luz verde. Checoslovaquia quedó declarada "foco de peligro rojo". Hitler llegó a vociferar sobre "el portaaviones insumergible de bolchevismo". Un diluvio de infundios absurdos fue lanzado contra el pequeño país en el centro de Europa, víctima de decenas de agresiones sin haber provocado ninguna. Hoy día esta situación parecerá muy familiar a los pueblos de Granada, Nicaragua y varios países más. Hitler, encabezando un país incomparablemente más fuerte en cuanto a potencial militar y económico, - ese Hitler que no disimulaba sus preparativos para una "cruzada" universal - inculpó precisamente a Checoslovaquia de "amenazar la seguridad y los intereses vitales de la nación alemana". Incluso el primer ministro francés Daladier veía entonces el mayor peligro en "la invasión de cosacos y mongoles a Europa". El 23 de mayo de 1938 confió esta preocupación suya al embajador alemán en París. El historiador checo Jan Slavík que nunca manifestó excesiva simpatía por la Unión Soviética ni por los comunistas checoslovacos escribió en octubre de 1938: "Entre los gobernantes de Francia prevaleció en el momento crítico la consideración de sus intereses de clase. El temor a la revolución social preponderó. Consideraron que el peligro alemán sería menos grave. La decisión tuvo el mismo resultado en Inglaterra... Las clases dominantes, el capital londinense, prefirieron concertarse con los regímenes fascistas. El pacto de Munich de los cuatro fue, a fin de cuentas, resultado del conocimiento que los intereses de las clases pudientes de Inglaterra y Francia coinciden más con los intereses de Alemania e Italia. Los representantes de la reacción social formaron una nueva Santa Alianza". El mariscal hitleriano Keitel declaró ante el tribunal de Nuremberg: "Estoy firmemente convencido que si Daladier y Chamberlain hubieran dicho en Munich: «Estamos dispuestos a luchar», en ningún caso hubiéramos recurrido a la acción militar". Sin embargo, Daladier y Chamberlain firmaron con Hitler y Mussolini un dictado que era el prólogo de la "solución final de la cuestión checoslovaca". La ocupación de Checoslovaquia, iniciada por la Alemania fascista menos de medio año más tarde, el día 15 de marzo de 1939, entregó a la Wehrmacht el armamento del ejército checoslovaco: 1,582 aviones, 501 cañones antiaéreos, 2,175 piezas de artillería , 469 tanques, 43,876 ametralladoras, 785 lanzaminas, más de un millón de fusiles, 114 mil pistolas, millones de proyectiles de armas de fuego de mano, 3 millones de proyectiles de artillería y otro material bélico. ¿Cuántos patriotas fueron después víctimas precisamente de este material al defender Polonia, Francia, Bélgica, Yugoslavia u otros países europeos agredidos por la Alemania nazi? El 1ro de septiembre de 1939 Hitler ataca Polonia. Una semana antes de esta fecha se celebró el tratado germano-soviético sobre la no agresión. El lector conocerá de sobra las versiones insulsas forjadas en torno al tema. Pero los verdaderos cómplices, responsables de la segunda guerra mundial, quedan claramente designados por mucho que se intente rehabilitarlos. Las razones por la cuales muchos documentos siguen siendo tabúes para la "gran prensa" son obvias. Consideremos, a título de ejemplo, la documentación del británico Public Record Office, el folio F.O. 371/23.071 (pág. 240 y siguientes). Se trata de estenogramas de los debates celebrados en el verano de 1939 en el comité de asuntos exteriores del gabinete británico: "El primer ministro Chamberlain: Los rusos hacen todo para que concluyamos con ellos un acuerdo... Lord Halifax: Informaciones de varias fuentes señalan que es indispensable... concluir un acuerdo con Rusia, de otro modo la situación podría tener por resultado acciones violentas de Hitler... Concluyendo un acuerdo con Rusia evitaríamos el peligro más horrible... y garantizaríamos la seguridad de Polonia. Es obvio que Rusia tiene interés por el mantenimiento de la independencia de Polonia y no desea su liquidación" La celebración de un acuerdo entre Londres, París y Moscú a fin de prevenir la agresión hitleriana tenía en el verano de 1939 el apoyo del 81 por ciento de los franceses y del 87 por ciento de los británicos, interrogados por las oficinas gubernamentales para la encuesta de la opinión pública de dichos países. El 21 de agosto de 1939 la Unión Soviética comunicaba a Francia y Gran Bretaña que en caso de agresión alemana pondría en acción contra Hitler 120 divisiones de infantería y 16 de caballería, 5 mil cañones pesados, 10 mil tanques y más de 5 mil aviones de combate. Las propuestas urgentes y reiteradas de la Unión Soviética fueron desoídas. "El acuerdo con Rusia sería como una piedra que llevaríamos colgada del cuello durante largos años y que incluso podría obligar un día a mis hijos a luchar por intereses rusos", leemos varias páginas más adelante las palabras de Chamberlain en la documentación citada. El profesor británico L. Kettenacker escribió a finales de los años setenta en la miscelánea "Verano de 1939, las potencias y la guerra europea", publicada en Stuttgart: "Si Londres hubiera manifestado sin dilaciones y excusas su disposición de aceptar la propuesta soviética de alianza, manifestando una actitud seria con respecto al de la seguridad en Europa, el «frente de la paz» se hubiera podido constituir. Precisamente esta experiencia transcendental movió a Churchill a tender la mano a la URSS con miras a concluir la alianza ya el 22 de junio de 1941, el primer día del ataque alemán en el Este". Las respuestas del gobierno reaccionario polaco a las propuestas soviéticas en el verano de 1939 fueron similares. El 20 de agosto el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia comunicó oficialmente: "Ningún tratado militar vincula Polonia con los Soviets y el Gobierno polaco no tiene la intención de concluir un tratado de esta índole". Los tergiversadores de los acontecimientos del verano de 1939 deberían darnos una respuesta seria a esta pregunta: ¿Qué otro remedio tenía la Unión Soviética, sino el de aceptar el paso que aplazaba la agresión Hitleriana a la URSS? Las fobias chamberlanianas resultaron ser un mal consejero. El balance del "apaciguamiento" del agresor es de todos conocido. Antes de atacar a la Unión Soviética Hitler ya se había apoderado de casi toda Europa. Antes de que lanzara a "ajustar terminantemente las cuentas con el bolchevismo" ya perecían miles de británicos en las atronadoras explosiones de las bombas por medio de las cuales la Luftwaffe de Goering introducía el "nuevo orden en Europa". La sombra de la invasión fascista también se cernía amenazadora sobre las británicas. Es un memento sumamente actual. Intentemos imaginar cómo actuaría varios decenios después de los acontecimientos relatados el agresor en Vietnam, Granada o el Líbano, si no se tomara a la ligera esta lección histórica. De no ser por la benevolencia y el apoyo con los que puede contar en algunas partes y de no ser los prejuicios que refleja con tanta precisión el fracaso de las ambiciones muniquenses. La tragedia del "appeasement" es una grave advertencia. Previene ante la collera de toda "cruzada". Pues precisamente en el guión de ésta vuelve a aparecer lo que rompió la nuca a Hitler. La hecatombe a la cual el mundo fue llevado por la política del "apaciguamiento" es un memento de alarma de cara a los pershing y los misiles de crucero. Pues éstos - aún sin ser los únicos - constituyen el arsenal de los inspiradores de la "guerra nuclear limitada". Una apuesta descabellada a costas de todos los europeos hasta el instante en que inevitablemente se convertiría en una conflagración mundial. Después de ésta hombres sólo lucharían con mazas y pedruscos, como ya lo dijo Albert Einstein. El fracaso del "appeasement" es una advertencia alarmante contra la ofuscación antisoviética y anticomunista. Alarma contra la ilusión de poder que empuja a poner en peligro la seguridad y soberanía de los pueblos, el destino de nuestro continente, el porvenir y la existencia misma de la humanidad. "LA GUERRA DESCONOCIDA" Este fue el nombre de una serie emitida en los años setenta por una modesta compañía de televisión en Estados Unidos. El título era acertado. La voz del actor mundialmente famoso, Burt Lancaster comentaba los documentos sobre la Gran Guerra Patria del pueblo soviético. La mayoría de los espectadores los veía por primera vez. No precisamente porque la lucha sostenida en el mundo contra Hitler y su satélites careciera de atractivo para los lectores y los editores. En EE.UU. ya se publicaron más de diez mil libros sobre esta lucha. ¿Por qué motivo estos libros - en los Estados Unidos así como en otros países - salvo contadas honrosas excepciones, hacen caso omiso del papel del pueblo soviético en esta lucha? Recurramos al testimonio de los documentos históricos sobre este papel. Nos ofrecen la mejor explicación de este sorprendente tabú. Hitler lanzó al ataque contra la Unión Soviética una masa jamás vista de soldados y de técnica militar - 190 divisiones, más de 4 mil tanques, unos 5 mil aviones y 200 embarcaciones de guerra. Exactamente un año antes, el 22 de junio de 1940 terminó la campaña fascista en Occidente. Había empezado el 10 de mayo. El 14 de mayo capituló Holanda, el 28 de mayo Bélgica, el 22 de junio Francia. Junto con Gran Bretaña había opuesto a Hitler 147 divisiones (total, 3 millones 785 mil hombres), más de 3 mil tanques y 3.8 mil aviones de combate. El agresor puso en acción 130 divisiones (en total 3 millones 300 mil hombres), 2,850 tanques y 3,824 aviones de combate. En base a las experiencias obtenidas el servicio de inteligencia británico pronosticó: Hitler ocupará Moscú en seis semanas. Pero ya la primera etapa, la más difícil, de la guerra en el frente oriental tuvo un resultado distinto. Hasta el mes de abril de 1942, es decir diez meses, Hitler perdió más de millón y medio de hombres, unos 4 mil tanques y cañones automotrices, más de 7 mil aviones de combate. Ello suponía casi el quíntuplo de las pérdidas totales en todas las campañas anteriores en Polonia, en el Oeste y el Noroeste europeo y en los Balcanes. En el discurso pronunciado en la radio el día del ataque, el 22 de junio de 1941, el primer ministro británico Churchill dijo: "Nadie ha sido a lo largo de los últimos veinticinco años adversario más consecuente del comunismo que yo. No pienso desdecirme de nada de lo que declaré sobre el tema. Pero ahora todo pasa al segundo plano frente al espectáculo que se nos ofrece... Hitler quiere destruir el Estado ruso, para poder retirar del Este las principales fuerzas de su ejército y su aviación y lanzarlas contra nuestra isla... Su invasión a Rusia es sólo el prólogo de la invasión contemplada a las islas británicas". La Unión Soviética y las fuerzas progresistas no estaban equivocadas al advertir que la "erradicación del bolchevismo" no sería el único objetivo de Hitler. La suerte del continente europeo lo patentizaba. Documentos hitlerianos de la primavera del 1941 confirman que la agresión antisoviética no era el último objetivo. En el diario de servicio del estado mayor de las fuerzas armadas alemanas del día 17 de febrero de 1941 se apunta la directiva de Hitler: "Después de concluir la cruzada del Este es preciso contemplar la ocupación de Afganistán y la preparación del ataque a la India". El día 11 de junio de 1941 quedó aceptada la propuesta de la directiva No.32 "Preparación para el período posterior a la realización del Plan Barbarossa" (es decir después de derrotar y ocupar la Unión Soviética). Dicha propuesta preveía, una vez derrotado el Ejército Soviético, la ocupación por la Wehrmacht de las colonias británicas y francesas y de algunos países independientes en el Mediterráneo, Cercano y Medio Oriente, la invasión a las islas británicas y la preparación de la agresión a Estados Unidos. Se contaba con la conquista de Irán, Egipto y todo el territorio en torno al canal de Suez ya en otoño de 1941, así como con la ocupación de la India donde la Wehrmacht debería unirse con las fuerzas del Japón militarista. La directiva No.32 también preveía la ocupación de Suecia y Suiza. "Una vez resuelta la «cuestión inglesa»", decía la directiva, "quedará eliminada la preponderante influencia anglosajona en Norteamérica". Se preveía la ocupación de los Estados Unidos y Canadá por medio de poderosas operaciones de paracaidistas en las costa oriental de Estados Unidos desde bases en Groenlandia, Islandia, el Archipiélago de las Azores y el Brasil así como ataques similares a la costa occidental de Estados Unidos desde bases en las islas Hawai y Aleutianas. Según la directiva, "la derrota fulminante de la Unión Soviética" era condición principal de la realización de todos estos planes. Los "apaciguadores" de Hitler apoyaban los planes de avasallamiento del pueblo soviético. La lucha de este pueblo pasó a ser el factor decisivo y de ella dependía la posibilidad de impedir una agresión nazi en el Oeste. Suponía una ayuda inmediata y de excepcional significación precisamente para Gran Bretaña. La batalla aérea de Inglaterra costó grandes sacrificios. Los incesantes ataques de la Luftwaffe acompañaban las operaciones de los submarinos alemanes. En febrero de 1941 de la flota británica perdió más de 400 mil BRT; en marzo 530 mil; en abril 687 mil. Se planteaba con creciente gravedad la amenaza de un bloqueo marítimo total de las islas británicas. "La lucha de la Unión Soviética también es nuestra lucha", decía la resolución del mitin masivo de londinenses celebrado a finales de junio de 1941 en el Hyde Park. El arzobispo de Canterburry Hewlet Johnson declaraba en su mensaje al pueblo británico fechado el 29 de junio de 1941: "El destino de la humanidad está e juego en esta gran batalla... por un lado vemos la luz y el progreso, por el otro las tinieblas, la reacción, la esclavitud y la muerte. Rusia defiende su libertad socialista y al mismo tiempo lucha por nuestra libertad. En Moscú también se defiende Londres". En la Cámara de los Comunes resonó entonces la voz del diputado Artur Woodborn: "No siempre nos damos plenamente cuenta de que una Rusia fuerte, incluso antes de intervenir en la contienda, era como una bola de plomo en las piernas de Hitler y le impedía abalanzarse contra nosotros". Winston Churchill escribió en sus memorias: "La entrada de los ruso en la guerra desvió la aviación alemana de los ataques aéreos a Gran Bretaña y disminuyó el peligro de invasión. También hizo más fácil nuestra situación en el Mediterráneo". "El cese de los ataques aéreos a Inglaterra que estamos disfrutando", escribía el 10 de agosto de 1941 el, periódico británico News of the World, "no es mérito nuestro; lo debemos a que Alemania se ve obligada a concentrar todas sus reservas físicas y psíquicas en la guerra contra Rusia". El conservador Archibald Southbee constató en el Parlamento el 6 de agosto del mismo año: "El cese de frica operaciones ofensivas de los hitlerianos en Africa del Norte fue facilitado por la actividad combativa del aliado ruso que ocupa las fuerzas alemanas en el frente oriental. Reconozcamos esta realidad y rindamos el homenaje debido a la valentía, la resolución y el arte militar de las fuerzas armadas rusas que defienden, junto con nosotros, la causa de la libertad. Reconozcamos también que su ayuda llegó en el momento más oportuno". El libro "Churchill, Roosevelt, Stalin" fue publicado en 1957 en la Universidad de Princeton que hoy día forma el equipo de cerebros de esos círculos que poco aprendieron de la suerte de Hitler. En aquel año el historiador H. Fels escribió: "Si Rusia hubiera abandonado la lucha cuando Estados Unidos seguían manteniendo una actitud indecisa, el imperio británico difícilmente hubiera podido resistir". En el informe presentado en 1945 al presidente y ministro de la guerra de EE.UU. por el ex-jefe del estado mayor del ejército estadounidense Marshall se decía: "Desde el comienzo mismo de la guerra el tiempo fue para nuestro país el factor decisivo... Obtuvimos este tiempo merced a la resistencia heroica del pueblo soviético. El pueblo soviético rescató para nosotros ese tiempo con su sangre y su valentía. Sin lugar a dudas, la defensa heroica del pueblo soviético y el pueblo inglés preservaron Estados Unidos de una guerra en territorio propio. Si la URSS e Inglaterra hubieran sido derrotadas en 1942... nos hubiéramos visto enfrentados a un enemigo que controlaría la mayor parte del mundo". E. Stettinius, durante la guerra secretario de Estado de EE .UU, escribió en sus memorias: "El pueblo americano no debe olvidar que en el año 1942 se encontraba al borde de la destrucción. Si la Unión Soviética no hubiese podido mantener su frente, los alemanes hubieran podido conquistar Gran Bretaña. Asimismo hubieran podido apoderarse de África y construir su cabeza de puente en Latinoamérica". El estudioso británico John Fulier señaló otro aspecto significativo. En el libro "La segunda guerra mundial 1939-1945", publicado en los años cincuenta, dice: "Fue precisamente a finales del año 1941, después de la batalla de Moscú, cuando la gente en Alemania empezó a admitir por primera vez la eventualidad de la derrota. Era la primera fisura diminuta en el granito del frente interior alemán, por el momento una fisura apenas perceptible, primera prueba de que los cimientos ya empezaban a resquebrajarse". Es una paradoja sintomática. Las líneas citadas se publicaron hace más de veinticinco años. Los nubarrones de la guerra fría oscurecían el mundo. Pero el recuerdo de la lucha común contra Hitler seguía demasiado vivo. Incluso aquellos que no tenían en mucha estima la verdad se sentían en la obligación de conocerla. Hoy día, al contrario, se apuesta por la "permutabilidad del pasado", para emplear las palabras de los héroes de Orwell. El fenómeno pudo observarse incluso en la Feria del Libro celebrada en octubre último en Francfort, Alemania Federal. Herman Wouk, un ejemplo entre otros. Por las tiradas de sus libros ocupa un puesto imbatible en Estados Unidos. Los libros que pienso examinar sirvieron de base para una serie televisiva. La compañía ABC gastó en esta serie 40 millones de dólares. Medio minuto de publicidad insertado en la transmisión de la serie costaba 175 mil dólares. "Los vientos de la guerra" de Herman Wouk tiene unas mil páginas. Su libre continuación "La guerra y los recuerdos" tiene quinientas más. Descubrámonos ante el talento literario de Herman Wouk. Pero de modo alguno podemos adoptar una actitud similar con respecto al contenido del libro. La alianza constituida en 1941 entre Moscú, Washington y Londres se presenta en el libro como pura casualidad. En realidad se trataría de una "desviación" del "cuadro general de la segunda guerra mundial". Este cuadro general consistiría en el "conflicto entre la democracia y el totalitarismo". Claro está que el señor Wouk no conoce sólo un totalitarismo "pardo" sino también otro "rojo". Para reanimar este engendro del oscuro imperio de las fantasías dullesianas y repetirlo precisamente en este contexto histórico hace falta tanto cinismo como ignorancia. ¿No podría, acaso, el señor Wouk explicarnos de modo satisfactorio qué empujo al pueblo soviético a ese heroísmo ante el cual el mundo entero se inclinaba? ¿De dónde ese heroísmo, en tantas ocasiones ensalzado incluso por Winston Churchill, anticomunista de cuerpo entero? Ya el 7 de julio de 1941 este primer ministro británico escribió a Stalin: "Todos recibimos con suma satisfacción noticias sobre la resistencia fuerte, audaz y valiente del los ejércitos rusos. La gallardía y la tenacidad de las tropas y del pueblo soviéticos merecen la admiración de todos". El secretario de Estado norteamericano Cordell Hull escribió en aquel tiempo: "La Unión Soviética fue la mayor sorpresa de todas las sorpresas de la segunda guerra mundial. De repente, como de un día a otro se desgarró la densa neblina mostrando al mundo la semblanza real y el pensamiento verdadero de la nación rusa, sus líderes, su ejército, su economía, su pueblo y la nobleza de su fervor patriótico". ¿De dónde brotó esa inquebrantable fortaleza moral? Claro, el señor Wouk no puede proponernos ninguna explicación. No nos sorprende. La inepcia de la ilusión a la cual no es el único en sucumbir saldría a relucir con nitidez. Porque incluso el diletante más completo en temas de política se burlaría de la explicación de que un implacable vergajo totalitario regía la heroica gesta de la Gran Guerra Patria. Incluso el general jubilado de la Wehrmacht, H. Friessner, admite en su libro "La batalla perdida", publicado en los años sesenta: "Vi incontables veces por mis propios ojos que el soldado soviético luchaba por sus ideas políticas a plena conciencia". Las estanterías en el nuevo pabellón de Francfort, al igual que en los pabellones construidos hace años, contenían también "obras literarias" más curiosas aún. Comparado con ellas, Herman Wouk resulta un progresista empedernido. Varias obras de esta índole ni se dan la pena de revestir la careta de la "opinión personal" que suele llevarse en estas ocasiones. Una de ellas, "El ataque a la Unión Soviética", fue publicada por el Centro histórico militar de la Bundeswehr. Este "estudio documental" de l,192 páginas se publicó en el marco de una serie de varios volúmenes editados por esta institución semioficial bajo el título "El imperio alemán y la segunda guerra mundial". En este caso ya no echaron mano sólo de Dulles sino directamente de Goebbels. Según los historiadores que figuran en la RFA en la nómina del ejército, hubieran debido pasar, ante el tribunal de Nuremberg: Churchill, Roosevelt y también Truman. Porque la agresión a la Unión Soviética, con la cual estos estadistas se aliaron en la coalición antihitleriana, tenía, según estos historiadores, un objetivo "preventivo" y "de anticipación". Los Herodotos en uniforme deberían leer también al adjunto de Goebbels, Hans Fritsche. Precisamente ante el tribunal de Nuremberg declaró entre otras cosas: "Organizamos una extensa campaña de propaganda antisoviética a fin de convencer el público de que la guerra no había sido provocada por Alemania sino por la Unión Soviética... No teníamos ningún motivo para acusar a la Unión Soviética de preparar un ataque contra Alemania". EL PRIMERO Y EL SEGUNDO FRENTE Es muy temprano por la mañana, el 6 de junio de 1944. En la neblina que se despeja con lentitud la primera línea de la invasión aliada va agarrándose en los peñascos de la costa de Normandía. La operación "Overlord" empieza. La mayor invasión de la segunda guerra mundial. La concentración de tropas y material es imponente. Dos millones 800 mil hombres intervendrán en la operación; un millón y medio de este total ya desde la primera fase de la invasión. El heroísmo de los hombres que entregaron sus vidas en este lugar o en cualquier otro del camino hacia la guarida de Hitler desde el Oeste merece en Checoslovaquia y en los países de nuestros aliados tanto respeto como en los países donde dejaron a sus mujeres e hijos, sus padres y sus hermanos. Pero no podemos estar de acuerdo con la indigna especulación practicada con su preclara memoria. Máximo cuando no sólo la verdad histórica está en juego. Esto quedó patentizado también en el discurso pronunciado por el presidente estadounidense en Normandía el 6 de junio de 1984. El monumento ahí levantado en frases floridas a Estados Unidos como principal y - por poco - único "libertador de los pueblos de Europa" - no fue expresión de orgullo patriótico, sino un cínico empleo abusivo del mismo en favor de dos grandes mistificaciones. En primer lugar trataba de acreditar la falaz ilusión de que los perhing y los planes de agresiones nucleares "de las galaxias" "prolongadas" o "limitadas" son una continuación de esta tradición. Con el objetivo de acallar la preocupación y la protesta tanto en Europa Occidental como en los propios EE.UU. Y al mismo tiempo - sustentar la ficción de que el ocaso de Hitler no comenzó hasta en junio de 1944. A fin de sugerir la idea que sin la invasión en Normandía la lucha sostenida contra Hitler por el pueblo soviético y por el movimiento antifascista de las masas populares en toda Europa tendría un desenlace completamente distinto. Esta ficción intenta conferir a las amenazadoras armas de hoy día una falsa apariencia de "realismo". Los documentos de la época dejan al descubierto esta insensatez. Aquellos que describen el marco inmediato del desembarco en Normandía son elocuentes al máximo: Las fuerzas aliadas tenían una superioridad - el triple - en fuerza viva y tanques. Su número de aviones de combate era sesenta veces superior al del enemigo. Su hegemonía en el mar era prácticamente total. El periódico estadounidense Journal escribió sobre ello el 26 de junio de 1944: "El Ejército Soviético ayudó del mismo modo que si estuviera también atacando la costa francesa. Rusia, iniciando una amplia ofensiva obligó a los alemanes a dejar en permanencia en el frente oriental las tropas que de otro modo hubiera lanzado a Francia a fin de resistir a los norteamericanos". En junio de 1944 se concentraban en Francia, Bélgica y Holanda 58 divisiones nazis. No llegaban a un millón de hombres. Más de la mitad de este total eran "unidades estacionarias". Es decir que prácticamente no disponían de parque automóvil. Eran "divisiones de infantería del final de la primera guerra mundial" - según la expresión del dirigente hitleriano Speldel. Más de la tercera parte de las tropas destinadas a hacer frente a un ataque desde el Occidente se estaba formando o renovando. En septiembre de 1944, cuando Hitler desocupó Francia y trasladó una parte de sus fuerzas del frente occidental a otros sectores, los aliados se enfrentaban con 700 mil soldados alemanes con 100 tanques y piezas de artillería pesadas. En ese mismo tiempo 239 divisiones enemigas combatían con el Ejército Soviético. De este total, 181 divisiones de la Alemania fascista. Un total de 4.3 millones de hombres. Hitler tuvo que trasladar al frente oriental 40 nuevas divisiones a fin de hacer frente a la ofensiva desplegada por el Ejército Soviético en el invierno y la primavera del año 1944. Veamos que nos dice la mencionada "Enciclopedia Americana". "Los rusos", afirma esta fuente oficiosa, "ayudaron indirectamente a Hitler al no manifestar de modo alguno su disposición de facilitar el desembarco de los aliados". En aquel entonces, sin embargo, personalidades prominentes de los aliados occidentales tenían opiniones completamente distintas. Citemos, para ilustrarlo, tres manifestaciones de Winston Churchill poco tiempo después de la invasión aliada. El mensaje al Jefe del Estado soviético del 1ro de julio de 1944: "Es éste el momento oportuno para comunicarle qué impresión colosal nos causa a todos en Inglaterra la grandiosa ofensiva de los ejércitos rusos que van derrotando con intensidad cada vez más fuerte los ejércitos alemanes en el espacio entre ustedes y Varsovia y Berlín". El 7 de agosto en la Cámara de los Comunes: "No hay en el mundo otra fuerza capaz de destruir el ejército alemán y de causarle pérdidas tan colosales como el Ejército Soviético ruso". En el mismo lugar, a finales de septiembre: "Rusia ocupa y destruye fuerzas incomparablemente superiores a las que impiden el avance aliado en Occidente". En el verano y el otoño de 1944 el Ejército Soviético avanzó unos 600 - 900 kilómetros hacia Oeste. Llegó hasta las fronteras de Prusia Oriental y Alemania. Expulsó al agresor de Bielorrusia, y de casi todo el Báltico soviético, así como de las zonas orientales de Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia. Liberó Rumania y Bulgaria. Aniquiló 96 divisiones y 24 brigadas independientes del enemigo. En ese mismo período, las fuerzas de los aliados occidentales destruyeron 35 divisiones fascistas. En el invierno 1944 - 1945, los aliados se vieron en una situación grave en los Ardennes. A finales del mes de diciembre los alemanes abrieron una brecha de 80 km de anchura en la línea norteamericana y lograron avanzar unos 100 kilómetros. El 1ro de enero de 1945 más de mil de aviones de la Luftwaffe llevaron a cabo un ataque sorpresa a 27 aeropuertos, almacenes y puntos de concentración de tropas y técnica militar. Las pérdidas fueron importantes. El comandante en jefe del 3er ejército norteamericano general George Patton apuntó el día 4 de enero en su diario: "Aún podemos perder esta guerra". La Unión Soviética atendió sin demora la solicitud de los aliados y aceleró los preparativos de su ofensiva. "Si no fuera por esta ayuda soviética", escribió entonces el general americano y posterior presidente de EE.UU. Dwight Einsenhower, "las tropas aliadas se hubieran encontrado en la situación más difícil de lo que pudiésemos imaginar". Tan sólo en el curso de las operaciones en el invierno y la primavera de 1945 el Ejército Soviético aplastó 170 divisiones fascistas. Casi tantas, cuantas destruirían las fuerzas de los aliados occidentales en el transcurso de toda la segunda guerra mundial - 176 divisiones. Pero la lucha contra el fascismo en el principal teatro de guerra - el europeo - no comenzó tan sólo en junio de 1944. Tres años antes de abrirse el segundo frente en el Oeste - desde el mes de junio de 1941 hasta el mes de junio de 1944- el peso principal de la guerra recaía en el ejército y el pueblo de la URSS. Fue en la Unión Soviética - en las puertas de Moscú - donde el agresor fue, por primera vez, detenido. Fue ahí - en las orillas del Volga - donde se produjo el viraje decisivo para el desarrollo de la segunda guerra mundial. En su mensaje a los defensores de Stalingrado Franklin Delano Róosevelt escribía: "En nombre del pueblo de los Estados Unidos de América dirijo este saludo a la ciudad de Stalingrado, en testimonio de nuestro entusiasmo por los gallardos defensores, cuya valentía, fuerza de espíritu y sacrificios en el transcurso de la batalla desde el 23 de septiembre de 1942 hasta el 31 de enero de 1943 serán una inspiración eterna para los corazones de todos los hombres libres. Su victoria gloriosa detuvo la oleada invasora y operó un viraje en la guerra de las naciones aliadas contra las fuerzas de la agresión". El agresor quedó definitivamente privado de la iniciativa precisamente en el primer frente - en el Este. El historiador americano G. Jukes constató hace años que después de la batalla de Kursk "la iniciativa estratégica quedó plena e irrevocablemente en manos de los soviets y desde aquel momento ninguno de los generales alemanes competentes podía pensar en volver a reconquistarla". En el verano de 1943 Roosevelt escribió, poco tiempo después de la victoria del Ejército Soviético en Kursk: "Si las cosas siguen en Rusia como hasta ahora, es posible que en la primavera del año próximo ya no haga falta un segundo frente". En el primer frente - el de Este - estuvieron concentrados durante tres años enteros - de junio de 1941 a junio de 1944 - del 92 al 95 por ciento de las fuerzas armadas de la Alemania fascista. Precisamente en este frente el agresor sufrió los golpes más duros. Estos fueron decisivos para su derrota final. El antiguo embajador de los EE.UU. en la URSS J. Davies declaró al respecto en un discurso, pronunciado en la radio norteamericana en ocasión del tercer aniversario del comienzo de la Gran Guerra Patria del pueblo soviético: "En este aniversario de la entrada de la Unión Soviética en la guerra, todos los hombres y todas las naciones amantes de la libertad deben rendir homenaje a nuestro gran aliado soviético... El pueblo soviético y sus dirigentes defendieron durante tres largos años sus posiciones con tenacidad, con inmensa paciencia y persistencia. Dieron al mundo entero la posibilidad de movilizar todas las reservas y elaborar los planes que hoy día van aportando sus frutos... A partir del día que hoy conmemoramos, la derrota final de los bandidos fascistas pasó a ser sólo una cuestión de tiempo". En su discurso pronunciado el 19 de julio de 1945 en el Congreso, el general Dwight Eisenhower declaró: "La campaña del Ejército Soviético desempeñó el papel más significativo en la derrota de Alemania. Las capacidades del mando soviético, la valentía y la tenacidad de sus combatientes - hombres y mujeres - causan profunda impresión a todos... El pueblo soviético ofrendó enormes sacrificios en su propio territorio, asolado por la bestialidad alemana. Su resolución inquebrantable de no admitir otro desenlace de la guerra que la victoria al verse obligado a retroceder hasta Stalingrado, será respetado siempre en la historia". El libro de S. Patrick "El frente ruso. La guerra alemana en el Este 1941-1945" se publicó en 1978 en Londres y Melbourne. El autor escribe en el libro: "Son muy pocos los que en Occidente se dan cuenta de la envergadura colosal de la guerra en el Este. Alemania perdió la segunda guerra mundial en los campos de Rusia y no en los arrecifes de Normandía". El historiador germanooccidental K. Riecker constató ya en los años cincuenta: "Cuando los aliados occidentales lanzaron en el verano de 1944 el ataque a la «fortaleza Europa», el resultado de la segunda guerra mundial prácticamente ya había sido decidido por la derrota de Alemania en Rusia. Alemania perdió la segunda guerra mundial antes de la invasión occidental". Con respecto a lo que hoy se difunde, sobre todo por iniciativa de Reagan, creemos necesario abordar un capítulo más de los testimonios de aquella época. Ponen de manifiesto que la historia del segundo frente de la guerra no estuvo exenta de las especulaciones egoístas que tan elevado precio costaron al comenzar la guerra. Estas maniobras se encontraban en flagrante contradicción con todo lo que pedía el amplio público de los países de la coalición antihitleriana. La carta entregada en junio de 1941 a la embajada soviética en Londres es un ejemplo entre cientos. Un grupo de obreros de la construcción británicos escribía en ella: "Nos comprometemos a plantear a nuestro gobierno la exigencia de que les ayude por medio de un ataque inmediato en el frente occidental". Incluso Lord Beaverbrook - en los años treinta fue uno de los "promuniqueses" - declaró a finales de 1941, siendo ministro del abastecimiento, en una sesión del gobierno británico: "La resistencia de los rusos nos ofrece nuevas posibilidades. Ha creado una situación casi revolucionaria en todos los países ocupados y abrió casi dos mil millas de costa a la invasión de las fuerzas inglesas. Pero los alemanes pueden lanzar impunemente sus divisiones hacia el este solamente porque nuestros generales consideran el continente una zona vedada a las tropas inglesas. Los comandantes en jefe de nuestros estados mayores querrían hacernos esperar hasta que se haya cosido el último botón en el último uniforma y sólo entonces estarán dispuestos a lanzarse al ataque. Hacen caso omiso de la oportunidad favorable actual". El plan de abrir el segundo frente fue contemplado por primera vez el 1ro de abril de 1942 en una reunión en la Casa Blanca. El 3 de abril Roosevelt delegó a sus colaboradores Harry Hopkins y George Marshall para negociarlo con Churchill. En el mensaje personal que llevaron a Londres, Roosevelt escribía: "Comparto con todo mi corazón y con toda mi razón los que le darán a conocer Harry (es decir H. Hopkins - J.S) y G. Marshall. Los pueblos de su país y del mío reclaman un frente que reduzca la presión contra los rusos y son naciones lo suficiente sabias para saber que hoy día los rusos destruyen más alemanes y liquidan más técnica militar que Ud. y yo juntos". Poco después se informó sobre esta intención también al gobierno soviético. El comunicado oficial sobre las deliberaciones del ministro de Relaciones Exteriores de la URSS con Churchill y Roosevelt, celebradas a finales de mayo y comienzos de junio, decía: "Se logró pleno acuerdo respecto de los preparativos urgentes del segundo frente en Europa en 1942". El desembarco en Normandía no se realizó hasta junio de 1944. La demora no tenía casi ninguna causa objetiva; tanto más robustas eran sus causas subjetivas. Después de la victoria de Stalingrado, el frente germano-soviético empezó a desplazarse irresistiblemente hacia el Oeste. Hasta ese momento los círculos gobernantes de EE.UU. y Gran Bretaña temían al extremo una victoria rápida de Hitler. Pero ahora contemplaban con creciente preocupación el avance del Ejército Soviético. Empezaban a darse cuenta de que la Unión Soviética sería capaz de defenderse e incluso de conseguir la derrota total de Hitler. La postergación intencionada del segundo frente formaba parte de la política ambigua adoptada por Washington y Londres de cara a este desarrollo. El senador Harry Truman expresó la opinión de la reacción norteamericana con ese cinismo, en el cual batiría más tarde, estando en la Casa Blanca, todos los récords. Ya a comienzos del Julio de 1941 declaró: "Si vemos que Alemania va ganando, ayudaremos a Rusia, y si va ganando Rusia, tenemos que ayudar a Alemania, para que se masacren mutuamente al máximo". Pero la reacción se vio privada de aprovechar esta oportunidad. El Ejército Soviético expulsó las tropas de Hitler del país. Emprendió su misión libertadora - compromiso asumido para con los pueblos avasallados desde el comienzo mismo de la Gran Guerra Patria. La resistencia antifascistas de las masas en los países ocupados se fortalecía. Las fuerzas de izquierda y democráticas tenían en ella una influencia primordial y creciente. Los comunistas ocuparon entre ellas un puesto de primer orden. La otra postergación de la apertura del segundo frente hubiera tenido resultados opuestos a las intenciones que la inspiraban. Roosevelt habló sobre el tema al reunirse con los comandantes en jefe de los estados mayores de las fuerzas armadas norteamericanas el 19 de noviembre de 1943, a bordo del acorazado Iowa. "Las fuerzas soviéticas", subrayó, "se encuentran a 60 millas de la frontera polaca y a 40 millas de Besarabia. Si cruzan el río Bug, cosa que pueden conseguir dentro de dos semanas, estarán a las puertas de Rumanía... Por eso es indispensable que ocupemos sin demora la parte más grande posible de Europa". Según opinaba Roosevelt, Gran Bretaña debería ocupar de urgencia Francia, Bélgica, Luxemburgo y el sur de Alemania. "Estados Unidos deben ocupar el Noroeste de Alemania. Podemos penetrar en puertos como Brema y Hamburgo, al igual que en los puertos de Noruega y Dinamarca, y debemos llegar hasta Berlín. En ese caso los soviets pueden ocupar el territorio al Este de Berlín. Pero Berlín debe ser tomado por los Estados Unidos". El general estadounidense Bradley escribió más tarde: "El derrumbamiento total de Alemania bajo los golpes soviéticos mezclaría todas las cartas y nos obligaría a abandonar la operación «Overlord». A fin de prevenir el caos, teníamos que lanzar a Europa todas las fuerzas a nuestra disposición, cruzar de urgencia el Canal de la Mancha, invadir Alemania, desarmar su ejército y tomar en nuestras manos el control del país". Las conclusiones de un grupo de historiadores nipones se encuentra más cerca aún de la verdad. En la "Historia de la guerra en el Pacífico", publicada en japonés ya en los años cincuenta, constataron: "Los movimientos antifascistas de resistencia de las masas populares, que se formaron en Francia para extenderse después por toda Europa occidental, el rápido crecimiento de la autoridad y de la popularidad de los partidos comunistas encabezando esta lucha, en cuyo transcurso los comunistas tuvieron más bajas que ningún otro partido, y en particular el ataque aterrador del Ejército Soviético que liberó su territorio de los ocupantes alemanes y obligó a las tropas alemanas a retroceder al Oeste - todo esto hizo que Churchill y Roosevelt abrieran el segundo frente, a fin de mantener su control en Europa". Después de la guerra Albert Einstein escribió: "El triunfo del Ejército Soviético no sólo consiguió defender y preservar los excepcionales logros de la Unión Soviética; también pudo conjurar el peligro mortal al que se veía expuesto el porvenir de toda la humanidad". Charles de Gaulle declaró en aquellos tiempos: "Los franceses saben qué ha hecho Rusia y también saben que precisamente Rusia desempeñó un papel principal en su liberación". El almirante Leahy, asesor de Roosevelt, señaló en sus memorias: "Sin el admirable heroísmo batallador de los rusos, los aliados hubiéramos tenido poca esperanza de éxito". El escritor Alexander Werth recordó: "Los rusos sintieron en su cuerpo los golpes principales de la guerra contra la Alemania nazi y precisamente esto fue lo que salvó millones de vidas británicas y norteamericanas". El periódico yugoslavo Borba escribió después de la guerra: "Sin la grande y poderosa Unión Soviética, el mundo hubiera quedado transformado en un gran campo de concentración. Sin la Unión Soviética - esto deberían tenerlo claro todos - desaparecerían de la superficie del globo terrestre, según la criminal intención de Hitler, todos los pueblos eslavos... El triunfo hoy celebrado por todos los hombres honrados fue conseguido en primer lugar gracias al pueblo soviético". El periodista francés Jean Catala declaró: "No encontrarán un solo francés honrado que ignore que debemos nuestra liberación al Ejército Rojo". Incluso el presidente de los Estados Unidos Harry Truman escribía en un mensaje a Stalin: "Apreciamos altamente la aportación de la poderosa Unión Soviética en beneficio de la civilización y la libertad. Ustedes, como nación libre y valiente al extremo, lograron derrotar las bárbaras fuerzas del mal por muy fuertes que fueran". La Unión Soviética desempeñó un papel decisivo en la derrota del fascismo hitleriano y la liberación de los pueblos de Europa. Al Ejército Soviético le corresponde el 80 por ciento de las pérdidas totales de fuerza viva sufridas por las tropas hitlerianas, el 75 por ciento de sus pérdidas de tanques, cañones y otra técnica de las fuerzas terrestres. La aviación y la artillería antiaérea soviéticas destruyeron más de 57 mil aviones de la Luftwaffe de Goering. Casi 2.5 veces más que sus pérdidas totales en todos los frentes restantes de la segunda guerra mundial. La Unión Soviética volvió a intervenir en la guerra
contra el Japón militarista, cuyas dos agresiones ya había
repelido a finales de los años treinta, sólo después
de terminar los combates en Europa. Pero también en este terreno
el papel de la URSS fue incomparablemente más relevante de lo que
suele admitirse. La revista norteamericana Foreign Affairs escribía
en enero de 1957: "En el verano de 1945 los especialistas de los servicios
de inteligencia americanos llegaron a la conclusión de que ni el
bloqueo ni el bombardeo podrían garantizar la capitulación
incondicional del Japón, por cuanto sería deseable la participación
de la URSS en la guerra". Harry Truman escribió en sus memorias:
"Mi viaje a la conferencia de Potsdam obedecía a varias causas,
pero la más importante, en mi
La Unión Soviética cumplió su compromiso en el plazo fijado. El 9 de agosto de 1945 declaró la guerra al Japón. Sus fuerzas armadas junto con las fuerzas de la República Popular de Mongolia, del Ejército Popular de Liberación Chino y con unidades guerrilleras coreanas y chinas, derrotaron en 24 días numerosas formaciones enemigas. Su núcleo - el ejército de Kuangtung - totalizaba en sus unidades 800 mil hombres. Contaban con un armamento imponente: 1,215 tanques, 6,640 cañones y lanzaminas, 1,907 aviones de combate y 26 embarcaciones de guerra. Fue la victoria más rápida conseguida sobre una fuerza tan numerosa y tan sólidamente armada en toda la historia de la segunda guerra mundial. Winston Churchill escribió en sus memorias: "Sería equivocado concluir que las bombas atómicas decidieron el destino del Japón". Sin la operación del Ejército Soviético en Manchuria, admitía Churchill, la guerra contra el Japón habría durado como mínimo hasta el año 1946, costando la vida de un millón o millón y medio de soldados norteamericanos. El mando norteamericano compartía este criterio. En el libro "Servicio activo en la paz y en la guerra", publicado en 1948 en Nueva York, tocaron el tema H. Simon y M. Bundy, dos hombres conocidos por ocupar puestos importantes en el aparato militar y de política exterior de Estados Unidos. Dicen en este libro que sin la ayuda de la Unión Soviética "Estados Unidos probablemente no habrían logrado terminar la guerra ni hasta el final del año 1946". ¿QUIEN LLEVO EL FARDO ECONOMlCO PRINCIPAL? En Gran Bretaña, EE.UU. y otros países aliados se fueron constituyendo diversos fondos y asociaciones de "ayuda a Rusia" desde el instante en que recayó sobre la Unión Soviética el peso principal de la lucha contra el fascismo. Con bastante frecuencia los encabezaban personalidades de la calidad del escritor norteamericano Theodore Dreiser, Eleanor Roosevelt y otros más. Summer Welles, citado más arriba, escribiría más tarde: "Las exigencias de proporcionar a la Unión Soviética toda forma de ayuda llegaron a tener carácter nacional". Tengo grabado en la memoria un noticiario-documental de aquella época. Un tren cargado con camiones recién salidos de la fábrica se dirigía desde una fábrica en el interior del país al puerto, donde lo esperaban convoyes dispuestos a salir hacia la Unión Soviética. A fin de acelerar el suministro, el último barnizado se hacía en camino. Recuerdo los rostros de aquellos jóvenes obreros pintando a pistola los camiones en los vagones del tren en marcha. En esos rostros se notaba la conciencia de estar ayudando a una causa justa. El pueblo soviético expresó en reiteradas ocasiones su altísimo aprecio a la ayuda de los aliados. Supo estimarla y sigue estimándola debidamente todo hombre honrado. Sin embargo, ¿podemos o no podemos estar de acuerdo con las conclusiones extraídas al respecto por algunos autores actuales? "Los resultados militares de los rusos dependían de los suministros británicos y norteamericanos", declaran H. Bragdon y S. McCutchen en el libro "Historia de un pueblo libre", publicada hace poco en Nueva York. "Sin esta ayuda, la Unión Soviética no hubiera podido conseguir el viraje en la guerra", afirma H. Patcher en la publicación "Caída y ascenso de Europa", publicado hace cierto tiempo en la misma ciudad. No resulta demasiado difícil comprender la proliferación de versiones de esta índole en numerosos medios de comunicación de masas. Es un modo más de poner en tela de juicio los hechos que fundamentan la lección y el memento de la segunda guerra mundial. En su discurso del 20 de mayo de 1944, Franklin Delano Roosevelt declaró ante el Congreso: "La Unión Soviética dispone principalmente de armas procedentes de sus propias fábricas". A finales del mes de mayo de 1945 el asesor de Roosevelt, Harry Hopkins dijo: "Nunca hemos creído que nuestra ayuda por conducto del «Lend-Lease» fuera el factor principal de la victoria soviética sobre Hitler en el frente oriental. La victoria fue conseguida por el heroísmo y la sangre del ejército ruso". Las conclusiones del documento confidencial elaborado en 1945 por el órgano responsable de la ayuda norteamericana a los países de la coalición anti Hitleriana fueron idénticas: "El material militar suministrado por conducto del «Lend-Lease» desempeñó indudablemente n papel de importancia en los éxitos de las fuerzas armadas de Gran Bretaña y la URSS, sin embargo, constituyó sólo una parte reducida, comparando con su producción propia de armas y material. Nuestros aliados cubrieron sus necesidades básicas principalmente con recursos propios". En el caso de Gran Bretaña, decía el documento, EE.UU. habían suministrado aproximadamente la quinta parte de armas y técnica militar. "En cuanto al ejército ruso, nuestra ayuda cubría sus necesidades en una media notablemente inferior". En todos los años de la guerra la Unión Soviética recibió de los Estados Unidos 14,700 aviones, 7 mil tanques, 427 mil camiones, cierta cantidad de técnica de comunicaciones, alimentos y otros artículos. Todo ello representaba el 4 por ciento de la producción total de la economía bélica de la Unión Soviética. El valor de los suministros norteamericanos a la URSS equivale a 10 mil millones de dólares, o sea, el 3,5 por ciento de los gastos totales de guerra de los Estados Unidos. El pueblo soviético tuvo que llevar el fardo económico principal de la lucha contra el fascismo. Este se había preparado durante largos años para la agresión. Merced a la ocupación de los países europeos, anterior a la campaña en el Este, las capacidades del agresor aumentaron notablemente: se multiplicaron por 2.1 en la generación de energía eléctrica, por 1.9 en la extracción de hulla, por 2 en la producción de acero, por 1.7 en la producción de aluminio y por 4 en la producción de cereales. En los primeros meses de la guerra la Unión Soviética perdió el territorio habitado por el 40 por ciento de su población total. La economía nacional soviética se vio separada del 63 por ciento de sus recursos carboníferos, del 68 por ciento de sus capacidades productoras de hierro, del 68 por ciento de sus capacidades productoras de acero, del 60 por ciento de sus fuentes de producción de aluminio y del 38 por ciento de su producción de cereales. Desde julio hasta noviembre de 1941, la producción industrial de la URSS disminuyó a menos de la mitad. El agresor destruyó o trasladó a Alemania 175 mil máquinas herramientas, los equipos de varios centenares de fundiciones, 18 millones de toneladas de producción agrícola, 17 millones de cabezas de ganado bovino, 7 millones de caballos... Tanto más impresionantes resultan las cifras sobre la superioridad conseguida por la Unión Soviética en un plazo relativamente muy breve. Ya a comienzos del año 1943 el Ejército Soviético tenía una superioridad de 1.4 veces mayor en cuanto al número de tanques y cañones automotrices; el doble de aviones de combate; en cañones y lanzaminas sobrepasaba el enemigo en 1.7 veces. Hasta el mes de mayo de 1945 se produjeron en las fábricas soviéticas 102,800 tanques y cañones autopropulsados, 112,100 aviones de combate y 482,000 cañones. La economía de guerra de la URSS logró producir casi el doble de armas y pertrechos militares que la Alemania hitleriana con todos los recursos acaparados en los países ocupados. En el libro "La guerra. Estudio histórico, político y social", publicado a finales de los años setenta en Estados Unidos, se indica al respecto: "La economía soviética demostró durante la guerra una capacidad arrolladora de alcanzar un elevado nivel de producción industrial... y de mantener el nivel necesario de la producción agrícola" . El historiador francés H. Giraud escribe sobre ello: "La retaguardia supo resistir en los años 1941-1942 e incluso aseguró el abastecimiento del frente en armamento tan sólo merced al excepcional esfuerzo físico y moral del pueblo soviético, organizado por el Partido Comunista... Era como en un barco, donde todos los pasajeros, sin distinción por la clase en la que viajaban, se convirtieron durante el temporal en marineros, sin que se les viniera a las mientes que sólo la tripulación estaba llamada a la lucha por llevar el barco al puerto seguro". El colega británico A. Clark constata en su libro "Barbarossa. El conflicto ruso-alemán 1941-1945", publicado por primera vez en Londres en 1965: "Los rusos podían ganar la guerra solos... sin la ayuda de Occidente. El alivio proporcionado por nuestra intervención en la guerra a la Unión Soviética... no fue decisivo en absoluto". Las memorias de Truman no disimulaban otro aspecto relevante. "El dinero invertido en el Lend-Lease" escribió en 1955 el antiguo presidente norteamericano, "sin duda salvó las vidas de muchos norteamericanos. Cada soldado ruso, inglés o australiano que recibía armas por conducto del Lend-Lease y participó en las acciones de lucha, reducía proporcionalmente el peligro de la guerra para nuestros jóvenes". Según datos del Ministerio del Comercio norteamericano, los EE.UU . recibieron durante la guerra de la URSS unas 300 mil toneladas de mineral de cromo y 32 mil toneladas de mineral de manganeso, grandes cantidades de platino, pieles y otras materias primas y artículos. El entonces ministro del comercio de EE.UU., J. Jones, escribió más tarde sobre este tema: "Por medio de los suministros procedentes de la URSS recuperábamos nuestro dinero e incluso obteníamos beneficio, cosa poco frecuente en las operaciones comerciales regidas por nuestros órganos estatales". En su libro "Ayuda a Rusia 1941-1946", publicado en Nueva York en 1973, el historiador norteamericano J. Herring señala: "El «Lend-Lease» no fue el acto más desinteresado en la historia de la humanidad. Fue un acto de egoísmo deliberado y los norteamericanos estaban perfectamente conscientes de las ventajas que les ofrecía". Veinte millones de ciudadanos soviéticos pagaron con sus vidas el triunfo sobre el fascismo. Varios millones de heridos quedaron para siempre o temporalmente excluidos de la vida productiva. El agresor destruyó 1,710 ciudades y más de 70 mil poblaciones soviéticas; más de 6 millones de edificios, 31,850 fábricas, 65 mil kilómetros de vías férreas 4,100 estaciones de ferrocarril. En el primer período de postguerra, cerca de 25 millones de personas tuvieron que vivir en sótanos o refugios provisionales. Un tercio de la riqueza nacional del país quedó destruido. El mundo esperaba que Estados Unidos - cuyo territorio no se vio afectado por la guerra principalmente gracias a la Unión Soviética - proporcionaría a su aliado una ayuda eficaz en la reconstrucción del país . En efecto, llegaron a proponerla. Claro que en condiciones inaceptables. En septiembre de 1945 vino a Moscú una delegación, encabezada por el presidente del Comité especial del Congreso para las cuestiones de la política económica y la planificación de postguerra, W. Colmer. El historiador americano P. Gaddis dice sobre su misión en el libro "EE. UU. y el origen de la guerra fría, 1941-1947": "Colmer y sus colegas pedían que la Unión Soviética modificara a cambio de los créditos norteamericanos su sistema de dirección de la sociedad y renunciara a sus compromisos contraídos con el Este europeo". El trabajo de otro autor estadounidense L. Rose, "Victoria dudable. Estados Unidos y el final de la segunda guerra mundial" documenta los mismos hechos. Rose escribe que los círculos dominantes de EE.UU. tomaron la decisión de negar a la Unión Soviética los créditos de postguerra si no modificaba su actitud. La consabida retórica, harto conocida de varias fuentes actuales, ocultaba y sigue ocultando con escaso éxito el verdadero trasfondo de estas exigencias. La expectación de que la Unión Soviética renunciaría a lo conquistado por la Revolución de Octubre en 1917, lo que tuvo que defender al precio de siete millones de vidas humanas contra la intervención extranjera y la guerra civil subsecuentes, todo aquello, por lo que luchó contra Hitler, pagando un precio tan terrible por la victoria, fueron pretensiones tan vanas en ese entonces como lo siguen siendo hoy. El pueblo soviético se vio obligado a asegurar la reconstrucción del país después de la guerra contando exclusivamente con las fuerzas y los recursos propios. CONCLUSlON Cuando se ponían a la caja estas líneas, en la República Federal de Alemania seguía resonando el escándalo en torno a los "Diarios de Hitler". Recordemos por qué delito juzgan a Konrad Kujau y a sus cómplices, que le ayudaban a pasarlos en limpio por las noches. ¿Por hacer propaganda a un criminal sin par en la historia? De ningún modo. Los juzgarán sólo y exclusivamente por falsificación. Mejor dicho: por los nueve millones de marcos que se metieron en el bolsillo "La libertad ilimitada de expresión" acaba de dotarse de una nueva muestra publicitaria llamativa. Evidentemente, la empresa excedía las fuerzas de los que hoy van dando explicaciones al fiscal. El contenido de estos "diarios" confirma qué mano estuvo detrás del asunto. Consideremos uno de los pasajes que impregna toda esta enciclopedia de la diligencia e industria neonazi: "Según mis cálculos", se lee en el "apunte de puño y letra del Führer" fechado en los días de la derrota en Stalingrado, "la correlación de fuerzas no podía ser tan desventajosa, ¿No me habrán engañado de nuevo esos oficialillos? Necesito un nuevo cuerpo de mando. Estos oficiales viejos se dejan condecorar constantemente, pero no acatan mis órdenes. Si dejo obrar libremente a los viejos prusianos, lo echarán a perder todo". Una nueva variación sobre la cantinela de siempre. El fracaso de la guerra relámpago" antisoviética como están explicándolo varios decenios determinados círculos - fue causado por los "desatinos personales de Hitler". Cuando se admite que el propio "caudillo" podía equivocarse, toda la estrategia de la "cruzada" queda expuesta a serias dudas. Hay sólo un remedio cosmético para corregir este desperfecto. Fueron los oficiales en el frente los que cometieron "errores personales". Y todo "por falta de disciplina" (¡?!). Un "viejo prusiano" agregaría un artículo adicional al acta de acusación de Kujau y Cía. Esta variación ya no es una coartada falsa para los que añoran las multitudes con el brazo levantado en el saludo romano. Encaja perfectamente en el guión según el cual decenas de versiones variopintas del militarismo actual sobreviven a costa de los acontecimientos de hace cuarenta años. Quieren acallar a gritos la lección principal y decisiva de los tiempos que aquí recordamos. El memento a la "cruzada", cuyos estados mayores siguen "completando su armamento". Por eso consideramos inadmisible que se vayan silenciando los hechos que permiten su conocimiento correcto. El testimonio de estos hechos es rotundo. No es necesario descubrir la cara de esta moneda: lo hizo por nosotros un tal W. S. Schlamm, durante largos anos vocero del anticomunismo cavernícola en la RFA. En su libro "Límites del Milagro", publicado a finales de los años cincuenta, escribió: "La esencia terrible del conflicto entre el comunismo y Occidente estriba en el hecho de que el comunismo medra en la paz, desea la paz y triunfa en la paz... Si se llega a considerar que es más importante evitar la guerra generalizada que prevenir el triunfo del comunismo, nada podrá impedir este triunfo... La aceptación efectiva de la coexistencia pacífica equivaldría a renunciar a la victoria de Occidente en la «guerra fría» y a reconocer su derrota". El socialismo, en efecto, siempre propuso y siempre propondrá la paz. Siempre pidió y sigue pidiendo el desarme. Un desarme general y completo. Si no se quiere aceptar el desarme, que por lo menos se contraigan compromisos formales que atajen al máximo toda amenaza mortífera. Por eso la Unión Soviética se comprometió a no ser la primera en recurrir al empleo de armas nucleares. Por eso garantiza no hacer uso de ellas contra países que no las posean y en cuyo territorio no se encuentren. Por eso pedimos, los países socialistas, la congelación inmediata, cuantitativa y cualitativa, de los arsenales nucleares. Por eso presentamos nuevas y nuevas propuestas relativas a su reducción paulatina. Por eso proponemos la celebración de un convenio que prohiba todo ensayo de armas nucleares. Por eso pedimos la interdicción y la liquidación de todas las armas químicas y bacteriológicas. Por eso proponemos constantemente a los gobiernos de los países de la OTAN; aceptemos el compromiso de no emplear recíprocamente armas nucleares ni armas convencionales... Esta es nuestra verdadera voluntad, la voluntad que tenemos nosotros, a los que mentirosamente imputan la "amenaza militar". Pero no se trata de una manifestación de debilidad. Esto lo comprendió, demasiado tarde y pagando un precio terrible, también la soldadesca que se vio obligada a rendirse levantando las manos y enarbolando banderas blancas exactamente hace cuarenta años. Frente a ella seguía en pie el único país socialista. País joven que sólo iba cobrando la estatura de un Estado moderno y desarrollado. Poseyendo solamente un fragmento ínfimo de lo que hoy golpearía al agresor. Sería un paso suicida. Un holocausto que no perdonaría a nadie. Es preciso saberlo. Y reflexionar sobre todas las consecuencias. Sin ello, las reflexiones con tanta insistencia solicitadas por George Kennan se debatirían en un círculo vicioso, extremadamente peligroso. FIN
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